Me llamo P. J. Barkins y son un hombre de negocios (o multimillonario, si se quiere obviar el eufemismo).
Hace seis meses comenzaron mis graves problemas renales que terminaron en una hemodiálisis tres veces por semana (conectado cinco horas a una máquina para que me limpiara la sangre) hasta que opté por un trasplante de riñón. Pero en su momento fue inevitable que me planteara los siguientes interrogantes: ¿Debía esperar y ocupar mi lugar en la fila detrás de todos los otros humanos que llevaban más tiempo sufriendo y esperando impacientes un riñón? ¿O debía recurrir a mi dinero para obtener cuanto antes el anhelado riñón? La disyuntiva no era fácil, pero tampoco imposible: priorizar en un ser socialmente útil como yo o dárselo a cualquiera, a un ser intrascendente de dudosa valía social.
Al final abandoné toda preocupación y dejé el interrogante para filósofos y moralistas. Obtuve mi riñón y me reincorporé a la sociedad y a mis productivos negocios.
Hace seis meses comenzaron mis graves problemas renales que terminaron en una hemodiálisis tres veces por semana (conectado cinco horas a una máquina para que me limpiara la sangre) hasta que opté por un trasplante de riñón. Pero en su momento fue inevitable que me planteara los siguientes interrogantes: ¿Debía esperar y ocupar mi lugar en la fila detrás de todos los otros humanos que llevaban más tiempo sufriendo y esperando impacientes un riñón? ¿O debía recurrir a mi dinero para obtener cuanto antes el anhelado riñón? La disyuntiva no era fácil, pero tampoco imposible: priorizar en un ser socialmente útil como yo o dárselo a cualquiera, a un ser intrascendente de dudosa valía social.
Al final abandoné toda preocupación y dejé el interrogante para filósofos y moralistas. Obtuve mi riñón y me reincorporé a la sociedad y a mis productivos negocios.






1 comentarios:
Casualmente hoy vi una serie de televisión un caso en el que se planteaba la misma disyuntiva.
Uff, el tema da para muchas horas de conversación.
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