Llegué al hipódromo más temprano de lo habitual. La noche anterior había soñado la carrera de ese día y había visto claramente cuál era el caballo ganador: Pavlov. Incluso, algo inusual, soñé algo de la biografía del caballo.
Casi una hora después, otro caballo cruzó la meta. Empuñando el boleto fallido en la mano, sentía que las lágrimas se agolpaban en mis ojos: había apostado una fortuna. Poco después se me acercó un hombre, con una cara de decepción igual a la mía, y me preguntó si también había soñado con Pavlov.
Casi una hora después, otro caballo cruzó la meta. Empuñando el boleto fallido en la mano, sentía que las lágrimas se agolpaban en mis ojos: había apostado una fortuna. Poco después se me acercó un hombre, con una cara de decepción igual a la mía, y me preguntó si también había soñado con Pavlov.


































